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miércoles, 15 de febrero de 2017

“Odio a los indiferentes”: sobre los que votarán ‘por el que esté segundo’

En el periodo electoral por el que está pasando el Ecuador, se han manifestado diferentes fenómenos sociales referentes a la política. Por un lado encontramos a quienes se han apegado a una postura radical en contra del movimiento de gobierno, tomando como referentes a los políticos que han agarrado como bandera de crítica la larga permanencia en la presidencia de Rafael Correa, los casos de corrupción que han salido a la luz (justo en estas épocas) y/o simplemente la tan reclamada ‘alternancia’; por otro lado, están aquellos que se han dedicado a defender ‘a capa y espada’ la obra de gobierno y sus representantes, argumentando la defensa de la continuidad del proyecto de la Revolución Ciudadana. Sin embargo, también es visible (y en una medida que no es tan deseable) la existencia de grandes cantidades de gente que no se deciden todavía a votar por un candidato o candidata (a cuatro días de la fecha de sufragio) y defienden las tesis de voto nulo o aquella (muy mediocre por cierto) que sostiene que “hay que votar por el que esté segundo”.

En democracia todo punto de vista es importante. Cualquier postura representa una inclinación política o ideológica, incluso aquella del voto nulo que, desde mi punto de vista, promueve el no sentirse representado por ninguno de los candidatos. Criticar un sistema, un gobierno, determinadas acciones, documentos legales o artículos específicos de los mismos, etc.; pero proponer modificaciones, sean específicas o transformaciones totales, por medio de propuestas claramente argumentadas, con mínimos de rigor científico, y libres (en la medida de lo posible) de cargas ideológicas, es un ejercicio sano y necesario en una sociedad democrática. Lastimosamente eso no lo encontramos en el Ecuador. Me atrevo a pensar que la razón es porque la política sólo nos interesa en época de elecciones. Pero ¿por qué pasa esto?, ¿por qué no tomamos partido en la política nacional?, ¿por qué no nos interesamos por la construcción de la sociedad?, ¿no estamos en capacidad de hacerlo?, ¿tenemos miedo de hacerlo?, ¿es mejor que otros lo hagan por mí? Estas son muchas preguntas que me hago constantemente.

Al respecto me es imposible no recordar la lectura de un texto contundente del pensador cerdeño Antonio Gramsci (1891-1937) llamado “Odio a los indiferentes” del 11 de febrero de 1917, en el que defiende la tesis de que “la indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida”. La vida de una sociedad está atravesada por completo por la política. Es ella quien determina los horizontes hacia los que la sociedad opta por dirigirse. Y lo hace por medio del empuje generado por aquellos que ‘toman partido’, tanto para apoyarla y defenderla incondicionalmente, como para criticarla y mostrarle un sendero diferente por el cual incursionar. Pero ésta se ve forzada a detenerse debido aquella ‘bola de plomo’, ‘materia inerte’ que constituye la indiferencia, como expresa Gramsci. Nos dice el pensador que “la indiferencia es el peso muerto de la historia”, el mismo que en muchas ocasiones hace que desista “cualquier empresa heroica” (Gramsci 2016, 19). Lastimosamente me doy cuenta que los ecuatorianos carecemos de conciencia histórica y es debido a que creemos que la historia es algo que ya pasó, que ya fue y que no puede enseñarnos nada.

Es necesario ser conscientes de que esa indiferencia opera en la historia y lo hace con mucha fuerza. Gramsci sentencia que es ésta “la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula”. Es decir, la indiferencia es algo que contamina la voluntad del ser humano y lo vuelve perezoso, lento, y lo ‘ajusta’ a la sociedad. Este ajustamiento (según Paulo Freire ) permite que la sociedad se inunde en una “intransitividad de conciencia”, la misma que masifica al ser humano y obstaculiza su desarrollo individual y colectivo. Al estar inmersos en esta condición dejamos que las cosas de la sociedad se “maduren en la sombra, entre unas pocas manos”; es decir, nos mantenemos ignorantes, concentrados en el fútbol, en la televisión, en la enajenación del internet y creemos cualquier cosa que nos dicen, que vemos u oímos. Porque así es mejor para aquellos que buscan llegar al poder por la vía que sea. Así nos quieren. Mientras menos conozcan, opinen y hagan, es más fácil ofrecer cualquier cosa llamativa, con un mínimo de explicación fantástica, y conseguir seguidores que serán quienes los lleven al poder y luego sufran las consecuencias de dicha mediocridad.

Lo que nos cuesta comprender es que la historia está construyéndose día a día, que no es estática, que camina, que es dialéctica y que tiene la necesidad de evolucionar. Estamos convencidos de que llegará un momento en que todo será perfecto, que no habrá ninguna falla, que se creará un sistema que será la solución a todos nuestros problemas. ¡Pues eso no es así! La sociedad se permitirá ser lo mejor posible en tanto y en cuanto sus ciudadanos nos comprometamos con ella, sin importar la inclinación política, creencia religiosa o filosofía de vida que tengamos, y nos hagamos cargo de nuestras actividades; que realicemos bien nuestro trabajo por más fácil o complejo que sea, depende de nosotros luchar por la superación de nuestras limitaciones o hundirnos en la mediocridad. Cuando nos demos cuenta de que aquella indiferencia es la culpable de “no haber ofrecido sus manos y su actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente para evitar ese mal, combatían, proponiéndose procurar un bien”, la cosa cambiará. Solo esperaremos el momento del fracaso de algún proyecto para buscar a quien ‘echarle la culpa’, sin tener la entereza de hoy tomar posición.

Muchas veces he escuchado a mi madre decir “yo soy y seré conservadora la vida entera” y (aunque no comparto su inclinación política) la admiro y la respeto, y anhelo siempre reforzar esa convicción con mi inclinación política propia. Hoy veo que se convierte en un pecado o en causa de burla apoyar o no a un movimiento político. Existen, como diría Jaime Roldós, “muchos adjetivos en materia política” y lastimosamente la gente los usa sin pensar muchas veces lo que dice, sin saber porqué y si lastimará o no a quien lo recibe. Se ha dicho que “por política se han perdido amistades”, pues yo digo que si por política voy a perder la relación con un conjunto de personas que constituyen un ‘peso muerto de la historia’, que son indiferentes, que no son capaces de ‘tomar partido’ y expresar claramente su postura, y quieren que yo sea igual, pues ¡eso no lo acepto!, y siento necesario correr riesgos y superar la neutralidad en todas sus dimensiones. La crisis es una oportunidad constante que se nos presenta en la vida para tomar decisiones. Pero toda decisión implica renuncias; hasta la Biblia lo dice: “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apoc 3, 16).

“Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes” dice Gramsci finalizando su escrito. Esto me invita a pensar que las cosas importantes de nuestra sociedad nos importan muy poco. Por esta razón nadie quiere hacerse responsable por ella. La sociedad nuestra es como aquel niño o niña “no planificado/a” que viene al mundo por la irresponsabilidad de dos personas, y que luego una (o las dos) no quiere aceptar la responsabilidad y se cometen, en nombre de la libertad, cualquier cantidad de acciones para liberar a los implicados. Así está nuestra sociedad, llena de personas que son indiferentes, que no quieren ‘tomar partido’, que aun hoy, a pocos días de las elecciones, no saben por quién van a votar o, peor todavía, votarán por el que esté segundo: sea quien sea, proponga lo que proponga (o no proponga nada). Me molesta escuchar eso de gente que conozco, que ha tenido su educación, que son o han sido universitarios y que no son capaces de dar un paso adelante y liberar la historia de ese ‘peso muerto’. Tenemos que interesarnos más por la política, porque ella está en nuestras vidas diarias y no solamente en tiempos de elecciones. Si seguimos pensando y actuando así, luego no nos quejemos de que para los políticos somos simplemente unos cuantos números más.


Luis Mantilla


Referencias Bibliográficas

Gramsci, Antonio. Odio a los indiferentes. 1º edición. Barcelona : Ariel, 2016.

Freire, Paulo. La educación como práctica de la libertad. Buenos Aires: Siglo XXI, 2010.





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