“Odio
a los indiferentes”: sobre los que votarán ‘por el que esté segundo’
En el periodo electoral por
el que está pasando el Ecuador, se han manifestado diferentes fenómenos
sociales referentes a la política. Por un lado encontramos a quienes se han
apegado a una postura radical en contra del movimiento de gobierno, tomando
como referentes a los políticos que han agarrado como bandera de crítica la larga
permanencia en la presidencia de Rafael Correa, los casos de corrupción que han
salido a la luz (justo en estas épocas) y/o simplemente la tan reclamada
‘alternancia’; por otro lado, están aquellos que se han dedicado a defender ‘a
capa y espada’ la obra de gobierno y sus representantes, argumentando la
defensa de la continuidad del proyecto de la Revolución Ciudadana. Sin embargo,
también es visible (y en una medida que no es tan deseable) la existencia de
grandes cantidades de gente que no se deciden todavía a votar por un candidato
o candidata (a cuatro días de la fecha de sufragio) y defienden las tesis de
voto nulo o aquella (muy mediocre por cierto) que sostiene que “hay que votar por
el que esté segundo”.
En democracia todo punto de vista es importante. Cualquier postura
representa una inclinación política o ideológica, incluso aquella del voto nulo
que, desde mi punto de vista, promueve el no sentirse representado por ninguno
de los candidatos. Criticar un sistema, un gobierno, determinadas acciones,
documentos legales o artículos específicos de los mismos, etc.; pero proponer
modificaciones, sean específicas o transformaciones totales, por medio de
propuestas claramente argumentadas, con mínimos de rigor científico, y libres
(en la medida de lo posible) de cargas ideológicas, es un ejercicio sano y
necesario en una sociedad democrática. Lastimosamente eso no lo encontramos en
el Ecuador. Me atrevo a pensar que la razón es porque la política sólo nos
interesa en época de elecciones. Pero ¿por qué pasa esto?, ¿por qué no tomamos
partido en la política nacional?, ¿por qué no nos interesamos por la
construcción de la sociedad?, ¿no estamos en capacidad de hacerlo?, ¿tenemos
miedo de hacerlo?, ¿es mejor que otros lo hagan por mí? Estas son muchas
preguntas que me hago constantemente.
Al respecto me es imposible no
recordar la lectura de un texto contundente del pensador cerdeño Antonio
Gramsci (1891-1937) llamado “Odio a los indiferentes” del 11 de febrero de 1917,
en el que defiende la tesis de que “la indiferencia
es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida”. La vida de una sociedad
está atravesada por completo por la política. Es ella quien determina los
horizontes hacia los que la sociedad opta por dirigirse. Y lo hace por medio
del empuje generado por aquellos que ‘toman partido’, tanto para apoyarla y
defenderla incondicionalmente, como para criticarla y mostrarle un sendero
diferente por el cual incursionar. Pero ésta se ve forzada a detenerse debido
aquella ‘bola de plomo’, ‘materia inerte’ que constituye la indiferencia, como expresa Gramsci. Nos
dice el pensador que “la indiferencia es el peso muerto de la historia”, el
mismo que en muchas ocasiones hace que desista “cualquier empresa heroica” (Gramsci 2016, 19) . Lastimosamente me doy cuenta
que los ecuatorianos carecemos de conciencia histórica y es debido a
que creemos que la historia es algo
que ya pasó, que ya fue y que no puede enseñarnos nada.
Es necesario ser conscientes
de que esa indiferencia opera en la
historia y lo hace con mucha fuerza. Gramsci sentencia que es ésta “la materia
bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula”. Es decir, la indiferencia es algo que contamina la
voluntad del ser humano y lo vuelve perezoso, lento, y lo ‘ajusta’ a la
sociedad. Este ajustamiento (según Paulo Freire ) permite que la sociedad se
inunde en una “intransitividad de conciencia”, la misma que masifica al ser
humano y obstaculiza su desarrollo individual y colectivo. Al estar inmersos en
esta condición dejamos que las cosas de la sociedad se “maduren en la sombra,
entre unas pocas manos”; es decir, nos mantenemos ignorantes, concentrados en el
fútbol, en la televisión, en la enajenación del internet y creemos cualquier
cosa que nos dicen, que vemos u oímos. Porque así es mejor para aquellos que
buscan llegar al poder por la vía que sea. Así nos quieren. Mientras menos
conozcan, opinen y hagan, es más fácil ofrecer cualquier cosa llamativa, con un
mínimo de explicación fantástica, y conseguir seguidores que serán quienes los
lleven al poder y luego sufran las consecuencias de dicha mediocridad.
Lo que nos cuesta comprender
es que la historia está construyéndose día a día, que no es estática, que
camina, que es dialéctica y que tiene la necesidad de evolucionar. Estamos
convencidos de que llegará un momento en que todo será perfecto, que no habrá
ninguna falla, que se creará un sistema que será la solución a todos nuestros
problemas. ¡Pues eso no es así! La sociedad se permitirá ser lo mejor posible
en tanto y en cuanto sus ciudadanos nos comprometamos con ella, sin importar la
inclinación política, creencia religiosa o filosofía de vida que tengamos, y
nos hagamos cargo de nuestras actividades; que realicemos bien nuestro trabajo
por más fácil o complejo que sea, depende de nosotros luchar por la superación
de nuestras limitaciones o hundirnos en la mediocridad. Cuando nos demos cuenta
de que aquella indiferencia es la culpable de “no haber ofrecido sus manos y su
actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente para evitar ese mal,
combatían, proponiéndose procurar un bien”, la cosa cambiará. Solo esperaremos
el momento del fracaso de algún proyecto para buscar a quien ‘echarle la
culpa’, sin tener la entereza de hoy tomar posición.
Muchas veces he escuchado a
mi madre decir “yo soy y seré conservadora la vida entera” y (aunque no
comparto su inclinación política) la admiro y la respeto, y anhelo siempre
reforzar esa convicción con mi inclinación política propia. Hoy veo que se
convierte en un pecado o en causa de burla apoyar o no a un movimiento
político. Existen, como diría Jaime Roldós, “muchos adjetivos en materia
política” y lastimosamente la gente los usa sin pensar muchas veces lo que
dice, sin saber porqué y si lastimará o no a quien lo recibe. Se ha dicho que
“por política se han perdido amistades”, pues yo digo que si por política voy a
perder la relación con un conjunto de personas que constituyen un ‘peso muerto
de la historia’, que son indiferentes,
que no son capaces de ‘tomar partido’ y expresar claramente su postura, y
quieren que yo sea igual, pues ¡eso no lo acepto!, y siento necesario correr
riesgos y superar la neutralidad en todas sus dimensiones. La crisis es una
oportunidad constante que se nos presenta en la vida para tomar decisiones.
Pero toda decisión implica renuncias; hasta la Biblia lo dice: “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”
(Apoc 3, 16).
“Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos
inocentes” dice Gramsci finalizando su escrito. Esto me invita a pensar que las
cosas importantes de nuestra sociedad nos importan muy poco. Por esta razón
nadie quiere hacerse responsable por ella. La sociedad nuestra es como aquel
niño o niña “no planificado/a” que viene al mundo por la irresponsabilidad de
dos personas, y que luego una (o las dos) no quiere aceptar la responsabilidad
y se cometen, en nombre de la libertad, cualquier cantidad de acciones para liberar a los implicados. Así está nuestra sociedad, llena de personas que son indiferentes, que no quieren ‘tomar
partido’, que aun hoy, a pocos días de las elecciones, no saben por quién van
a votar o, peor todavía, votarán por el
que esté segundo: sea quien sea, proponga lo que proponga (o no proponga
nada). Me molesta escuchar eso de gente que conozco, que ha tenido su
educación, que son o han sido universitarios y que no son capaces de dar un
paso adelante y liberar la historia de ese ‘peso muerto’. Tenemos que
interesarnos más por la política, porque ella está en nuestras vidas diarias y
no solamente en tiempos de elecciones. Si seguimos pensando y actuando así,
luego no nos quejemos de que para los políticos somos simplemente unos cuantos
números más.
Luis Mantilla
Referencias Bibliográficas
Gramsci, Antonio. Odio a los indiferentes. 1º edición. Barcelona
: Ariel, 2016.
Freire, Paulo. La educación como práctica de la libertad. Buenos
Aires: Siglo XXI, 2010.
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